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Hábitos de estudio

Muchos niños presentan problemas de rendimiento escolar sin que existan justificaciones intelectuales ni físicas. Tienen dificultades para asimilar los conocimientos propios de su edad o su actitud ante el aprendizaje es negativa. Fracasan en la lectura, el cálculo, son incapaces de concentrarse, de atender a las explicaciones o de hacer las tareas que les encomiendan.

Es inútil pretender que un niño retenga una explicación si no se le ha enseñado a escuchar, a atender el lenguaje del adulto.

Si el niño fracasa en sus primeras realizaciones y sin quedar consolidados los primeros conocimientos, se le exige cada vez más, debe hacer un esfuerzo excesivo que le resulta fatigoso y puede conducirle a reaccionar negativamente. Los fracasos han impedido que resultara gratificado, lo que no favorecerá su interés por el estudio. La situación de estudio se convertirá en una circunstancia aversiva que desencadenará respuestas de ansiedad.

Para eliminar la ansiedad que le provocan sus fracasos, el niño puede desarrollar una amplia gama de conductas de evitación y volverse pasivo ante las tareas escolares.

Otras veces, el niño manifiesta conductas perturbadoras: importuna a los compañeros, habla en clase, se levanta constantemente, hace el payaso... Habitualmente, a través de estos comportamientos logra una gran atención por parte del profesor y de sus compañeros. Este reforzamiento recibido por unas conductas incorrectas, aumenta la frecuencia con qué se repiten y llegan a dificultar la marcha escolar.

El niño con problemas escolares, también suele comportarse inadecuadamente en casa, sobre todo en lo que hace referencia a sus estudios. No ha aprendido unos hábitos de estudio y se resiste a hacer los trabajos que se le proponen porque no está interesado en las tareas escolares. Es inútil que el profesor intente la plena integración del niño en el colegio, si los padres permiten continuas ausencias del mismo sin causas realmente justificadas.

Si en casa las conductas incorrectas de estudio se repiten, la consecuencia suele ser el castigo. Esto da lugar a una mala relación padres-hijo. En estos casos los padres sólo intervienen para reñir o castigar. El rendimiento escolar pasa a ocupar un lugar preponderante en la preocupación de los padres y cualquier otro tema queda relegado a un segundo plano. Sólo hablan con su hijo de las pésimas notas, de la falta de interés por el trabajo, de lo mal que hace los deberes, etc.

     ¿Qué debe hacerse cuando el niño se halla desbordado por su forma incorrecta de actuar en lo relacionado con el estudio?:

En primer lugar, debe tenerse presente que todo niño tiene aspectos positivos y es tarea de los padres el descubrirlos. Se cae fácilmente en el error de percibir sólo los fallos y criticarlos. Cuando el niño está en situación de estudio, a menudo los padres están pendientes de sus movimientos, controlándole. Su reacción inmediata suele consistir en reñirle y decirle que pierde el tiempo. Si vive el estudio como un conflicto y es muy sensible a las palabras de sus padres, fácilmente se pondrá a la defensiva. Raramente los padres elogian a este niño problema por los momentos positivos en los que ha trabajado bien o se ha esforzado. Si hacen hincapié en los aspectos correctos aumentarán la posibilidad de que se esfuercen. Los padres han de dirigir y aconsejar prestándoles ayuda de forma constructiva.

El segundo paso consistirá en decidir cómo desearíamos que se comportara. Hay que definir una meta que sea alcanzable. No debemos desanimarle exigiéndole un rendimiento por encima de sus posibilidades. Por ejemplo, si emplea media hora en cada operación aritmética y queremos reducir el tiempo, no podemos pedirle que pase inmediatamente a cinco minutos, sino que hay que disminuir paulatinamente el tiempo.

Hay que tener presente cuestiones como el lugar de trabajo y disponer de unos aprendizajes previos (capacidad para prestar atención, correcta comprensión lectora...). A partir de ahí pueden abordarse otras cuestiones más específicas como enseñarle a distribuir bien el tiempo y unas técnicas que faciliten el estudio (resúmenes, esquemas, etc.). Si el muchacho es mayor, suele tener además tareas a corto y largo plazo (exámenes, trabajos a elaborar...). Ha de aprender a organizar toda esta tarea distribuyéndola correctamente.

Conviene reforzar el cumplimiento de cada norma inmediatamente después de realizada. Ello aumentará la probabilidad de que vuelva a cumplirse en un futuro próximo. Si la gratificación no es inmediata, posiblemente resulten reforzadas algunas consecuencias de las conductas incorrectas. El niño con malos hábitos de estudio es premiado cada día por sus conductas incorrectas. Si no estudia resulta premiado porque realiza otras cosas que le gustan como jugar o mirar la TV. Además, durante el tiempo que no estudia, suele recibir gran atención de los padres (consejos, razonamientos, riñas...). Deben reforzarse los hábitos correctos (sentarse a estudiar, atender, leer...) en vez de las conductas incorrectas. No es preciso pensar siempre en recompensas materiales, el reforzamiento social es eficaz en la mayoría de los casos.

ES PRECISO VALORAR LOS ESFUERZOS. Los padres no pueden atender siempre de forma específica las tareas de estudio de sus hijos. Hay muchas razones que pueden impedírselo (falta de tiempo, preparación insuficiente...). En estos casos conviene que dejen en manos de una persona competente la consecución de estos objetivos. Incluso esto es conveniente en aquellas ocasiones en que las relaciones padres-hijo se estén deteriorando por motivo de los estudios.

COLEGIO JESUS MARIA. DEPARTAMENTO DE ORIENTACIÓN EDUCACIÓN INFANTIL Y PRIMARIA.
"Hábitos de estudio".
Alicante, España, 2006